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No hemos venido a tomar prisioneros



                                                      Tumba de Hafiz, Shiraz, Irán

Vengo a compartir la dicha de haber descubierto un poeta. Descubrir suena jactancioso, pero lo prefiero a “encontrar”, “tropezar”, “obedecer recomendaciones”. 
En Shiraz, la ciudad persa donde nació Hafiz, lo más notable y turístico es un templo rodeado de bellos jardines construido en su honor. Supongo que hasta los niños lo recitan de memoria (excluyendo algunos poemas tan irreverentes que los incluyo en este ensayo con incierto pudor). Debe haber acumulado millones de seguidores, desde Nietzsche hasta Arthur Conan Doyle (Sherlock Holmes lo utiliza para resolver casos complicados). Incluyan, para ampliar el abanico, a García Lorca, Emerson y Brahms, quien lo incluye en alguno de sus cantos. Engels le comentó a Marx que los versos de Hafiz son obscenos hasta traducidos al latín. Según Goethe, sólo quien lea a Hafiz sabrá cuánto escribió Calderón (yo añadiría a Sor Juana Inés de la Cruz). Goethe se apasionó tanto con Hafiz que llegó a hacerle una antología bastante extensa y en un paroxismo se declaró musulmán. Entiendo que hay una cantata sinfónica titulada “Hafiz” y algo tiene que ver Arnold Schonberg. Debe haber mucho más, pero en la inmensidad del mundo y los casi siete siglos que han pasado desde que Hafiz escribió su extensa obra, durante los instantes de mi primera lectura y primer estremecimiento, puede que yo haya sido el único testigo de su grandeza.
La ruta hasta sus líneas no la había preparado ni previsto, quizás ni siquiera merecido. Llegué a Hafiz hurgando los libros de un artista iraní, Siah Armajani, quien construye puentes que suelen llevarte al mismo lugar de donde partes. En la exposición de sus obras había un estante con las lecturas favoritas de Armajani, una muestra de palpable intimidad preferible a cualquier reseña. Primero divisé un tomo de Rumi, más venerado y conocido que Hafiz, a quien desconocía. Me apasiona tanto Rumi que le mostré uno de sus versos a una de las inmutables vigilantes del museo y logré conmoverla —ahora sé que es de Albania y ama Italia—. A solo una palma de distancia estaba el lomo de Hafiz, un alumno de Rumi cien años más joven.
Aquí entra en escena ese azar de abrir un grueso libro para darle un vistazo con prisa y hasta desdén. Suelo ser muy exigente; si las primeras líneas no se aferran a mis ojos y me invade un cosquilleo y el tiempo se paraliza y el papel huele sabroso y mi cuello se tensa como el de un arquero, lo regreso a su sitio para no abrirlo más. Treinta segundos más tarde esta aventura había comenzado y ya no podía detenerla. Le di gracias al destino por mis años de ignorancia, los suficientes para celebrar una pasión que parecía haber estado convenientemente represada. A mi edad uno saca estas cuentas y piensa en la alternativa: ¿Cómo será morirse sin haber leído a Hafiz? 
Les presento de una vez el primer poema que mis pulgares, jalando en dirección opuesta las dos mitades de un libro, pusieron ante mis ojos:

Una pregunta astronómica
¿Qué sucedería
si Dios se inclinara
y te diera un beso pleno y húmedo?
A Hafiz no le preocupa contestar estas preguntas astronómicas:
“Seguramente comenzaría
a recitar todo el día, embriagado,
picaros poemas
como este”.

Este poema tiene dos cosas que me fascinan: se muerde la cola y el poeta aparece como un personaje invitado. Me hago la misma pregunta: ¿Qué haría yo si Dios se inclinara y me diera un beso pleno y húmedo? Creo que saldría corriendo. La sola idea de su inclinación ya me asusta, como si se tratara de un árbol inmenso a punto de aplastarme.
El libro donde por primera vez me asomo a los poemas de Hafiz es una traducción del persa al inglés realizada por Daniel Landinsky. ¿Se deberá mi shock religioso a un error de traducción?  “A full wet kiss” carga demasiado erotismo y algo de sacrilegio; suena a beso más francés que persa. “Wet” es un adjetivo tan explícito y sugerente. Existen los “wet dreams”, esos “sueños húmedos” que plagaron mis años de juventud buscando una amante que me iniciara. Es una cosa seria esto de la humedad. Paco Vera le preguntó a un maestro de San Sebastián de los Reyes por qué los espantos de ríos y quebradas son más fieros que los de tierra. El maestro Escobar contestó después de mucho meditar:
—Infiero que por lo húmedo. 
Me gusta este verbo, “inferir”, que parece jugar con el adjetivo “fiero”.
Busco cómo se escribe “húmedo” en persa. Los caracteres son mucho más sensuales que los latinos, algo que ya sospechaba Engels. Parecen estar llenos de besos, como escritos con los labios y la lengua. 
Este primer poema astronómico viene bien para aclarar que no me he vuelto un fundamentalista. Hafiz es un ejemplo clásico, y creo que extremo, de antinomianismo (otro descubrimiento de última hora), una actitud que rechaza cualquier ley y está contra las normas morales, religiosas o sociales. Entre los cristianos se refiere a quienes consideran que para ir al cielo solo hace falta la fe y la gracia divina. No es determinante cumplir con los diez mandamientos. Lo importante son los principios internos, no las compulsiones externas. 
Esta actitud se comprende mejor en Persia, una tierra donde el misticismo sufí tiene tiempo sembrando, cosechando y llevando palo. Sería un atrevimiento de petulante novato que yo intentara definir qué es el sufismo. Solo voy a rozar lo que me atrae y nos concierne: entiendo que es una espiritualidad que se lleva bien con el vino, los besos, la belleza y el amor. 
Voy a contradecir mis deseos de compartir la dicha de recitar estos versos hablando del presente. “Masoquismo” en criollo se escribe “Masdelomismo”, justo lo que estoy tratando de evitar. De manera que disculpen  el uso de un poema para asomarme a nuestro presente

Las grandes religiones
Las grandes religiones son los barcos
Los poetas los botes salvavidas
Todas las personas sanas que conozco están brincando al agua
Lo que es un buen negocio
¿O no es así?
¿Hafiz?

Hafiz de nuevo se interroga. Lo hace dos veces y nunca llega a responder. Es como si le diera escozor reconocer que en tiempos de naufragios y exilios, derribamientos de cercas y brincos de talanquera, estampidas y deserciones, prospera el poético oficio de rescatar almas que apenas logran flotar. 
Así estamos. Venezuela más que una tierra es una corriente que anega el país y se extiende por el mundo, haciéndonos conscientes de la necesidad de pisar firme. Menos mal que para esta urgente tarea de los botes salvavidas sirven los poetas del presente y los del pasado. El gran peligro son los falsos poetas que siguen cantando a las religiones perdidas, o aquellos que  después de saltar aparatosamente por la borda del barco que lo hizo rico y poderoso pretenden construir su propio bote de salvamento. Yo no he escrito un solo poema en mi vida. Ganas no me faltan, pero, ¿cómo hacerlo y mirar a Eugenio Montejo a los ojos con serenidad, aún después de muerto? 
Por cierto, Hafiz fue panadero y Montejo pasó su infancia en la panadería de su padre. Para quien quiera alcanzar a escribir líneas de Eugenio, como “va a amanecer, escribo para el mundo que duerme. La harina me recubre de sollozos las páginas”, le resultará más fecundo el oficio de hacer pan que el de embajador inocentón. ¿Se imaginan nadar en un mar a la deriva, subirse a un bote salvador cuando estás a punto de ahogarte y encontrarse a un exembajador de timonel?
Yo venía a otra cosa, a alegrar la vida de mis amigos con un canto. Mi amigo es todo el que sufre por Venezuela dentro o fuera de ella; mi enemigo el que se alimenta, empodera y enriquece con el dolor de los venezolanos. 

No hemos venido a tomar prisioneros
No hemos venido aquí a capturar prisioneros,
sino a rendirnos aún más profundamente
a la libertad y al gozo.
No hemos venido a este mundo exquisito
para mantenernos rehenes alejados del amor.
¡Corre, querido mío,
lejos de todo aquello 
que no fortalezca 
tus preciosas alas florecientes!
¡Corre cuanto puedas, mi querido,
de cualquiera que pueda
clavar un afilado cuchillo
en la visión sagrada y tierna
de tu bello corazón!
Tenemos el deber de convertir en amigos
los aspectos de la obediencia
que están fuera de nuestra casa
y de gritarle a nuestra razón:
“¡Por favor, por favor, 
salgamos a disfrutar!”
Porque no hemos venido aquí a capturar prisioneros,
ni a confinar nuestros maravillosos espíritus,
sino a experimentar siempre más y más profundamente
nuestro divino coraje, libertad y deseos de 
luz.

Resulta que estaba bien encaminado cuando inicié mi lectura bajo el lance de los pulgares. Acabo de leer que es una tradición iraní visitar la tumba de Hafiz, abrir uno de sus libros al azar, leer un poema y reflexionar sobre su contenido, como alguna vez espero hacer con la Biblia. Es tanto mejor que recitar una oración aprendida de memoria. Dos frases del poeta promueven ésta sana costumbre:
“Nuestras palabras se convierten en el lugar donde vivimos”. 
“Quédate cerca de cualquier sonido que te haga sentir que estás vivo”.
Y ahora voy a enseriarme y cumplir lo prometido. Nada de referirme a mis anhelos y miserias. Cada día cuenta y hemos perdido ya mucho tiempo sin disfrutar de Hafiz. Les ofrezco lo que he ido encontrando sobre el amor y el placer, y luego, al final, otra vez sobre ese Dios capaz de besarte en los labios. Comencemos por uno sobre la luminosa generosidad. Ya hablaremos en el futuro con más calma de nuestros problemas.

El sol nunca dice
Incluso
después de todo este tiempo
el sol nunca le ha dicho a la tierra:
—Tú me perteneces.
Mira lo que sucede
con un amor semejante,
como llena de luz 
todo el cielo

Construir un columpio
Tú tienes todos los ingredientes 
para convertir tu vida en una pesadilla.
¡No los mezcles!

Tú tienes todo el genio
para construir un columpio en tu jardín.
Para Dios eso suena
mil veces más divertido.
Vamos a empezar a reírnos, a dibujar los planos,
A congregar nuestros talentoso amigos.
Yo te ayudaré con mi lira y mi tambor.
Hafiz
Nos cantará mil palabras
que podrás tomar en tus manos
como sierras de oro, martillos de plata,
cedro pulido, fuertes cuerdas de seda.

Tú tienes todos los ingredientes 
para alegrar tu existencia,
¡Mézclalos, mézclalos!

Yo quiero que los dos
Yo quiero que tú y yo
comencemos a hablar sobre este gran amor
como si tú, yo y el sol estuviéramos casados
y viviendo en una pequeña habitación,
ayudando el uno al otro a cocinar,
a lavar la ropa,
bordar, coser 
y cuidar nuestros animales.
Partiríamos juntos cada mañana
a trabajar en los campos de la tierra
llevando entre los dos la carga.
Quiero que tú y yo comencemos a cantar
como dos juglares viajeros
acerca de esta extraordinaria existencia
que compartimos,
como si tú, yo y el sol estuviéramos casados
y viviendo en una pequeña habitación. 

Como labios apasionados
Hay tantas posicione de amor:
cada curva sobre una rama,
las miles de diferentes maneras
en que tus ojos nos abrazan,
las infinitas formas que 
puede dibujar tu mente,
la primaveral orquesta de aromas,
la corriente de luz ardiendo
en labios apasionados,
las vueltas en la falda de la existencia
cuyos pliegues contienen otros mundos,
todos tus suspiros derramados sobre
su inconcebible y omnipresente 
cuerpo.

Estos bellos juegos
Los jóvenes amantes dicen sabiamente:
“Vamos a probar desde este ángulo,
quizás algo maravilloso sucederá,
quizás tres soles y dos lunas
se desplegarán
de un lugar oculto en el cuerpo
que nuestra pasión todavía no ha encendido. 

Los viejos amantes dicen:
“Podemos hacerlo una vez más, 
¿qué te parece desde esta longitud
y latitud, meciéndonos de una cuerda amarrada al techo?
Quizás una parte de Dios
todavía se esconde en una esquina de tu corazón
que nuestra devoción todavía puede revelar”.

En conclusión: 
No dejen de jugar
estos bellos
juegos de 
amor

Dos gordos gigantes
En dos gordos gigantes
Dios y yo nos hemos convertido.
Como dos gordos gigantes
viviendo en un pequeño bote
nos la pasamos tropezando 
y riéndonos.

Donde a los grandes leones les gusta orinar
Un suntuoso templo ha sido construido
en la selva sagrada 
sobre el punto exacto
donde por mil años
a los grandes leones les gustaba orinar.
A Dios esto no le hace gracia:
sus amadas bestias
ya no podrán dejar
su santa esencia en la selva,
cerca del lugar favorito donde Dios descansaba su dedo izquierdo.

Querido,
estoy lo más lejos
de ser un hombre sacrílego
que este mundo es capaz de soportar. 
Porque he encontrado el poder
de decir “No” a cualquier acción
que pueda dañar a mi persona
o la de cualquier otro
Escucha:
El amor revela que el hombre está dotado
para “levantar su pierna” sobre las galaxias.






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