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Mostrando entradas de diciembre, 2019

Cuatro amigas

La pregunta “¿qué libro llevarías a una isla desierta?” se ha tornado tan antigua. Ya no existen las islas desiertas, todas están sitiadas. Somos náufragos separados de nuestra intimidad por un mar de información. Hasta hace muy poco, informarse era una necesidad, ahora el reto es nadar y respirar entre remolinos de afirmaciones y mareas de confidencias.  Mis amigos, en vez de llamarme para conversar, ahora me acosan con imágenes y videos semejantes a papas calientes que les queman las manos y nadie sabe de dónde vienen ni a dónde van. Rebotan por un instante ante mis ojos como parte de una seguidilla que no me permite reflexionar ni descansar.  Uno de los más constantes mensajeros me envía una vieja foto de él y su hermano cuando eran niños. Aparecen sentados y serísimos entre su abuela y su madre, aún más serias. Cuando estoy comenzando a agradecerle un testimonio tan íntimo y genuino, y de paso contarle que en algún álbum familiar, quizás perdido para siempre, h...

Alí, Mike Tyson, Oscar Wilde y el Inca Valero

Me apasiona tanto el boxeo que de niño soñaba con tener una nariz partida y esas cejas que los golpes van dejando lampiñas, protuberantes. Le tengo terror a una pelea callejera, especialmente si es de noche y la acera está mojada, pero en un ring, con guantes de 16 onzas, protector bucal y un réferi compasivo, podría haber sido bastante valiente.   El boxeo era una tradición familiar. Yo nací en el 50 y entre mis primeros recuerdos está Rocky Marciano avanzando sin dar tregua. Ya adolescente, había más gente en mi casa para ver una pelea que en un 24 de diciembre. A mi padre le dio una taquicardia en uno de las últimos combates de Lumumba Estaba. Sobraban los motivos: el espectáculo de aquel viejo boxeador criollo, campeón en el ocaso de los ocasos, que se mantenía en pie gracias a artimañas y piruetas, era en verdad un suplicio angustioso. Después de esa pelea, mi padre juró, mientras se medía la tensión, no ver más combates. No sería un juramento tan exigente:...

El edificio más alto

 El edificio más alto de Caracas es el hotel Humboldt. Alcanza los 2.200 metros, con la generosa  ayuda de El Ávila, que aporta sus 2.140 sobre el nivel del mar. El arquitecto Frank Lloyd Wright no hubiera estado de acuerdo con la extravagancia de superponer un edificio al pico de una montaña. Cuando construyó Tailesin, su hogar y talleres de trabajo en las colinas de Wisconsin, partió de un principio inviolable: “Yo sabía bien que una casa nunca debe estar sobre una colina. Debe estar al lado de la colina. Perteneciendo a ella. La colina y la casa deben vivir juntas, cada una feliz por la otra”.  ¿Por qué entonces el arquitecto Tomás Sanabria colocó el hotel en el mero tope de una montaña? En buena parte se debió al espíritu de los años cincuenta, una década en la que nuestra arquitectura le prestaba más atención a lo geográfico que a lo histórico. Sanabria me contó una vez sobre su inmensa suerte. Vivía en una Caracas aburrida, provinciana, y en 1945 se va ...

El río que pasa por Caracas

Esta fotografía de Amada Gran ado sacudió como un jab mis archivos más recónditos. Todavía estoy reordenando las carpetas revueltas. Hubiera querido hablar del trabajo de Amada, pero ya José Antonio Parra lo dijo todo en una presentación breve y admirable. Comparto las primeras líneas: Para Amada Granado, hacer visible lo invisible consiste en abrir los ojos del espectador al mundo de los opuestos y dualidades. Su trabajo  Guaire está profundamente imbricado en el ánima de una ciudad que se despedaza y muestra su podredumbre frente al ciudadano desenfadado y, más allá, de ello cubierto por una fuerte estética kitsch que, no obstante se ve trastocada o desplazada hacia un neo surrealismo donde el profeta salta impregnado de la inmundicia. Gracias a José Antonio puedo pasar a mis recuerdos y premoniciones. Hace sesenta años sonó el teléfono. Yo estaba solo en la casa. Atendí y una voz tan infantil como la mía me anunció: —Este es un concurso. ¿Cómo se llama el río que pa...

Morir con Venecia

Venecia no es la ciudad que más he amado, pero sí la que más he intentado dejar de amar.  Mi rechazo siempre ha sido incierto, inconstante. Alguna vez la he percibido como una mujer que me ignora mientras exhibe su superioridad espiritual, otras veces mi alejamiento proviene del dolor de suponerla condenada a un final que no quiero presenciar, o de la tristeza de no tener nada que ofrecer a cambio de tanta belleza, o caigo en la absurda pretensión de haberlo visto todo y estar más allá de la curiosidad y la seducción, o decido que, al no poder tenerla integra y para siempre, será nada y hasta nunca. Mientras despliego este absurdo rosario comienzo a hacerme consciente de mis limitaciones y confusiones. Más nos define aquello que no logramos integrar a nuestras vidas que ciertas solemnes certidumbres, tan constantes, que se nos van haciendo imperceptibles, como creer en la eternidad de la especie humana.  Una inundación semeja un inmenso llanto y pareciera que ...