La pregunta “¿qué libro llevarías a una isla desierta?” se ha tornado tan antigua. Ya no existen las islas desiertas, todas están sitiadas. Somos náufragos separados de nuestra intimidad por un mar de información. Hasta hace muy poco, informarse era una necesidad, ahora el reto es nadar y respirar entre remolinos de afirmaciones y mareas de confidencias. Mis amigos, en vez de llamarme para conversar, ahora me acosan con imágenes y videos semejantes a papas calientes que les queman las manos y nadie sabe de dónde vienen ni a dónde van. Rebotan por un instante ante mis ojos como parte de una seguidilla que no me permite reflexionar ni descansar. Uno de los más constantes mensajeros me envía una vieja foto de él y su hermano cuando eran niños. Aparecen sentados y serísimos entre su abuela y su madre, aún más serias. Cuando estoy comenzando a agradecerle un testimonio tan íntimo y genuino, y de paso contarle que en algún álbum familiar, quizás perdido para siempre, h...