La pregunta “¿qué libro llevarías a una isla desierta?” se ha tornado tan antigua. Ya no existen las islas desiertas, todas están sitiadas. Somos náufragos separados de nuestra intimidad por un mar de información. Hasta hace muy poco, informarse era una necesidad, ahora el reto es nadar y respirar entre remolinos de afirmaciones y mareas de confidencias.
Mis amigos, en vez de llamarme para conversar, ahora me acosan con imágenes y videos semejantes a papas calientes que les queman las manos y nadie sabe de dónde vienen ni a dónde van. Rebotan por un instante ante mis ojos como parte de una seguidilla que no me permite reflexionar ni descansar.
Uno de los más constantes mensajeros me envía una vieja foto de él y su hermano cuando eran niños. Aparecen sentados y serísimos entre su abuela y su madre, aún más serias. Cuando estoy comenzando a agradecerle un testimonio tan íntimo y genuino, y de paso contarle que en algún álbum familiar, quizás perdido para siempre, había una fotografía en la que aparezco con mis cuatro bisabuelas vivas (un récord nacional), me envía, sin pausa ni interludio, el video de una vulva semejante a un monstruo marino en plena función de encaje y bombeo. Supongo que no pretende desconcertarme con semejante incongruencia. Simplemente es parte de una cadena de correos con un creciente porcentaje de revolcones y entrelazamientos.
Supongo que mi generación se caracteriza por esta perversión. Mi infancia transcurrió muy desasistida de esos espectáculos hoy tan profusos. Estudié en un colegio de varones y todo lo aprendí y enredé entre gamberros ignorantes. Formábamos parte de uno de los centros de investigación más fructíferos que he conocido, pero ¿cómo podíamos llegar a conclusiones científicas si éramos las ratas de nuestro propio laboratorio? Recuerdo con nostalgia nuestro intercambio de descaradas mentiras sobre proezas sexuales; el estado de fascinación al escucharlas y de aprensión al buscar en mi aburrida inocencia algo que aportar al banquete.
¿Qué diferencias existen entre la infancia de mi generación, con un mínimo acceso a documentos sobre la geografía del sexo (y menos que nada sobre su fisiología y su ritmo), y los actuales niños, sometidos a un alud que se escurre y los acecha desde celulares que imponen una inmediatez y una versatilidad que raya en la disolución? Prefiero el hambre de cuando se formaban nuestros huesos a la sobresaturación de un flujo sin pausas ni silencio.
Un día, mi pandilla, que no pasaba de un trío, encontró en una parcela vacía de la naciente urbanización Chuao, una caja llena de revistas rasgadas meticulosamente en un acto de purificación. Alguna madre o esposa encontró el tesoro escondido de su hijo o su marido y lo lanzó a podrirse bajo la lluvia. Las páginas, rotas justo por la mitad y húmedas al punto de la desintegración, se prestaban a infinitas y efímeras combinaciones entre la zona superior e inferior de los ombligos de mujeres totalmente desnudas. Los surrealistas llamaban a esta práctica “cadáveres exquisitos”, y sí había algo sublime que parecía renacer y morir al mismo tiempo.
La pornografía tiene esa suerte de éxtasis y agonía. Hay tres grandes momentos. Los segundos iniciales son siempre desconcertantes, pues cuesta acostumbrarse a la aparición de cuerpos ajenos en la soledad de nuestra conciencia. Durante los minutos siguientes, cuando la faena está en plena efervescencia respiratoria, se va haciendo tediosa hasta tornarse inaguantable, por más que se añadan a la trama proporciones intimidantes, bufidos gregorianos, sudorosas piruetas de instructora de yoga y binarias inserciones. Por último, está el instante en que concluye la sesión y queda rondando en nuestro cuerpo un gusanillo de empalagamiento y desasosiego.
Últimamente he empezado a sentir un efecto regresivo que me traslada hacia los finales de mi infancia, cuando todo se desea y nada se posee. Tal como me sucedía ante aquellas revistas escindidas que hojeaba tratando de reanimar los cuerpos estáticos, ha vuelto a preocuparme el destino de ese ejército de cientos de miles de mujeres reseñadas para siempre en algo mucho más explícito y determinante que una foto en una ficha policial. Me pregunto, como si fueran parte de mi familia, si no les dará vergüenza que las vean sus padres, sus hermanos, sus hijos, sus futuros nietos y bisnietos. Me pregunto si será un síntoma de machismo el que no me preocupe el destino de los protagonistas masculinos.
Mi mortificación es bastante acomodaticia, pues continúo asomándome, cual cordero olfateando los hierros de su matarife, a la sempiterna trasmisión de videos donde se afanan criaturas de diversas edades y encantos. Por todas voy sintiendo más ternura que deseo. Las hay malandras y angelicales, frágiles y macizas, abúlicas y desatadas, circunspectas, profesorales y plenamente bellas. Muchas exhiben tatuajes que van desde corazones y lirios hasta serpientes y frases diabólicas en griego, y a todas las concibo como amazonas oriundas de una misma región que, en los tiempos de las primeras incursiones gráficas con mis compañeros de colegio, situábamos entre Hungría y Checoslovaquia.
Y así llego a una petición y un agradecimiento. Con la pasiva humildad de quien exige que no le envíen flores a su entierro, les pido a mis amigos no enviar pornos a mi correo. Al mismo tiempo, quiero agradecerle a Nelson Faillace el haberme enviado un video que ha dignificado y alegrado mi celular. Vino además acompañado por un texto donde Nelson explica la razón de las melancólicas lágrimas que brotaron cuando vio los 44 segundos de danza por sexta vez. Me hace bien este remanso en el tránsito frenético de mensajes navideños: “Me siento viejo, casi senil. Al principio creí que sería un porno, luego me sentí tan avergonzado. No sé si mi tristeza se debe a que nunca estuve en ese apartamento o a que nunca estaré; si es algo que perdí o que nunca tuve”.
Víctor Hugo escribió que la melancolía es la felicidad de estar triste, pero hay que desconfiar de los proverbios. Eso de “pájaro en mano vale más que cien volando” es de una crueldad propia de quien jamás observa el cielo. Tampoco creo que una imagen valga más que mil palabras. Son experiencias tan distintas. Esta estrofa de un poema de Eugenio Montejo no llega a las ochenta palabras y hoy no logro encontrar una imagen que diga más:
Ningún amor cabe en un cuerpo solamente,
aunque el alma se aparte y ceda espacio
y el tiempo nos entregue la hora que retiene.
Dos manos no nos bastan para alcanzar la sombra;
dos ojos ven apenas pocas nubes
pero no saben dónde van, de dónde vienen,
qué país musical las une y las dispersa.
Ningún amor, ni el más huidizo, el más fugaz,
nace en un cuerpo que está solo;
ninguno cabe en el tamaño de su muerte.
No voy describir este video donde no hay un cuerpo, sino cuatro. Solo quiero, solo necesito, compartir mis impresiones. Yo también creo haber estado alguna vez en ese apartamento al que ya nunca podré volver. O digamos que me conformaría con ser un plomero que está arreglando el fregadero y, mientras trabaja, ve bailar a las inquilinas; o un veterinario que viene a ver ese perrito que con su indiferente merodear le da al escenario un aire de hogar; así mi alma cedería espacio ante ese país musical de nubes que se concentran y luego se dispersan. Unirme a la coreografía sería imposible. Mi falta de ritmo es tal que me cuesta aplaudir en los conciertos (algo prevalece en mis palmadas que nunca concuerda).
Pero me encanta el arranque deliciosamente amateur, el paso de la seriedad a la sonrisa, el toque malandro, sugerente y rochelero. Me encanta también ir entendiendo que no es un derroche de nalgas y tetas sino de juventud, alegría y amistad; y que no suceda nada extraordinario y la danza quizás sea tan solo fruto de una tarde lluviosa; y enamorarme de las cuatro a la vez, que es la manera más llevadera de enamorarse y luego olvidar. Amo el final. Cuánto me gustaría hacer una película que se inicie o concluya con esa última pirueta llena de sonrisas O una novela basada en esas bailarinas que tuviera mucho de sus vidas más una razonable dosis de ficción. O una docena de cuentos, tres por cabeza, con argumentos que ellas mismas propusieran, de ser posible, autobiográficos.
Y, sobre todo, me conmueve el haber recordado a mis cuatro bisabuelas. Siento que estas bellas amigas podrían convertir su fugaz coreografía en un rito anual y decembrino sin perder jamás la gracia y la picardía. A todos nos hará bien, pues “¿quién puede renacer en un cuerpo que está solo?”.






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